domingo, 29 de septiembre de 2013

Hermosa sincronía



 

 

No entendía mucho lo que me pasaba, ni en qué lugar me encontraba. Sentía mucho miedo. Percibía en el ambiente una oscuridad muy  tenebrosa, pero una corazonada me decía que me quede. De pronto, una luz de esperanza me empezó a guiar. Llegué hasta una cueva, no quería entrar; sin embargo, lo hice.

Me quedé anonadado cuando vi la belleza de ese canto que te envuelve y adormece como una magia, suave como un silbido de verano. Ambos impresionados nos quedamos, mientras nuestras miradas se cruzaron. Era tan hermosa como una diosa coronada a pesar que se encontraba atrapada en una gigantesca caracola de oro macizo.

Una mirada suya me bastó para tocar la tristeza que habitaba en su corazón, no lo dudé y me acerqué sin temor. Fue ahí cuando entendí el motivo de esa tristeza, pues ella, hace un tiempo, había sido condenada a vivir así por una hechicería que le ocasionó una bruja en castigo por una promesa que la hermosa mujer no pudo cumplir. Entonces me solicitó que la ayude a salir de allí.  Después de mucho esfuerzo, pude liberarla. Ella me dijo: “Tienes un corazón tan grande que no te cabe en el pecho”. Emocionado hasta los huesos de haber tenido ese encuentro fabuloso e inigualable con la hermosa mujer, ella se acercó a mí y empecé a sentir una  extraña sensación en mi cuerpo. El corazón me iba a estallar de la fuerte impresión por la que pasaba.  No me quería ir de su lado. Sujeté sus manos sobre las mías, pero mi cuerpo sin explicación empezó a desfallecer.

Aguas frías como de hielo pude sentir que rozaban mis pies. Desperté de inmediato: me encontraba a las orillas del mar. Traté de recordar todo y lo único que se me venía a la mente fue que andaba caminando por la orilla, mientras un profundo oleaje y un misterioso viento se apoderaron del ambiente. Pude ver el  cansancio que invadía mi cuerpo, y decidí  recostarme en la orilla. Hasta ahora, que recién cobré conciencia, nuevamente. Me pregunto si fue un sueño o  la realidad. Eso nadie lo sabrá.  Aunque preferiría quedarme dormido aquí de pie para verla de nuevo. No entendía por qué mis manos sujetaban una pequeña caracola cuando desperté. Lo acerqué a mis oídos y percibí un ligero rumor de las olas. 

Aleyda Iturbe Rodríguez

La Caracola






En lo más profundo del mar, donde las aguas son oscuras y suaves, vivía un rey Tritón con su esposa. Ellos deseaban tener un hijo, habían tratado miles de veces pero no lo conseguían.

A la reina le gustaba tallar  figuras en los corales y pasaba millones de horas con este pasatiempo.  Un día, mientras paseaba a paso de tortuga por los alrededores del palacio, se encontró con un pequeño pez que al parecer había sido herido por algún tiburón. La hermosa sirena se compadeció de él, acarició sus moradas escamas y lo llevó a palacio. Ahí cuidó de él toda la noche.

Al amanecer, la reina se dirigió a la habitación de su huésped, quedó sorprendida al ver que la habitación estaba vacía, se percató de que sobre la cama había una hermosa caracola junto a una nota que decía: “Gracias por cuidarme, no olvides que los sueños se hacen realidad”. La bella sirena cogió la caracola. Era tan suave que al tocarla se sentía como si fuera de seda. La llevó a su dormitorio y la puso sobre una cobija en su mesa.

Al día siguiente, la reina se despertó muy temprano para salir a pasear, cuando se percató de que la caracola se estaba convirtiendo en una bella bebé.

La reina la tomó entre sus brazos; era el bebé que siempre había deseado tener. Con mucha alegría, llamó a su esposo, él vino corriendo y se quedó sorprendido de ver al precioso bebé caracola, y desde ese momento se volvieron inseparables.

Con el pasar del tiempo, este bebé se convirtió en una hermosa mujer caracola, muy admirada y querida en su reino por ser una excelente cantante de ópera.
Todas las noches en ‘El Gran Teatro Marino’, que era en donde se presentaba, siempre reservaba dos asientos para que su mamá, la reina, y su papá, el rey Tritón, la escuchen cantar.


Andrea Cieza
 

viernes, 27 de septiembre de 2013

Perdida en un microbús (Anécdota)






Era tarde y lo único que quería era regresar a casa para descansar después de un largo día en la universidad. Estaba sola, ya que mi amiga de siempre se había salido de clases cuarenta minutos antes de que esta acabara. 

Salí de la universidad a paso ligero, típico de mí, dirigiéndome a tomar algún carro que me llevase a casa. No buscaba un taxi, buscaba un micro. Caminé toda la avenida El Ejército esperando a que llegase el micro de Buenos Aires cual me deja a dos cuadras de mi casa, pero para suerte mía, nunca llegó. Decidí entonces ir a tomar la H morada que pasa por la OR, a una cuadra de mi destino, pero justo pasó una a toda velocidad y sabía que debería esperar diez minutos con suerte para que pasara la siguiente. Estaba demasiado cansada y sola, además de ser un promedio de siete de la noche y ya se hacía tarde, la luna había aparecido y no era un lugar seguro de estar. Cuando de pronto, se estacionó un micro de California al frente mío, y el cobrador llamaba pasajeros para que subiesen y pensé: “Necesito llegar pronto, ya no quiero estar aquí, es California y será más cerca de mi casa, y además pasa por la OR como dice en el cartel, ya fue, subiré”.
Lamento decir que fue el peor error que pude cometer. 

Me senté segura de mi decisión a esperar un lugar cerca de mi casa donde bajar. Pasaban los minutos y todo cada vez era más desconocido para mí, ¿Pero qué podía pasar?
El primer hecho desagradable de la noche no tardó en aparecer. Subió un chico de aspecto muy malo, antes de habersepeleado con el cobrador para el ingreso. Las caras de todos los pasajeros cambiaron, y seguramente la mía también. Primero,empujó a un pasajero y se puso a caminar por todo el pasadizo del mismo. No tenía idea si estaba drogado, borracho o era demente. Luego decidió sentarse al final botando a una chica. Empecé a pensar lo peor. ¨Ya me robaron¨, me dije. Encima, ese día se me había ocurrido llevar mi tablet, además de mis cosas habituales y celulares. Todos estaban preocupados y volteaban a cada rato. Yo no quería voltear. Felizmente pasaron los minutos y el mismo chico decidió bajarse y pensé que el susto había pasado.

Sola y perdida
Lamentablemente no fue así, el micro seguía yendo a lugares no conocidos para mí y los pasajeros cada vez eran menos. Cuando me di cuenta de que estaba en La Esperanza, ya no podía hacer nada. Nunca había ido por allí y estaba completamente sola, con solo unos cuantos pasajeros desconocidos sentados a extremos. No quería llamar a nadie porque simplemente tampoco era conveniente que los demás escucharan decir a alguien por teléfono que estaba perdida y no sabía qué hacer. Así que decidí esperar a que tal vez el carro regrese en segunda ronda, pero no fue así. Llegó un momento donde me quedé completamente sola y decidí hablarle al cobrador:  “¿Regresan a la OR no?”, me miro extraño y me dijo: “No, esta fue nuestra última ronda”. Un balde de agua helada me cayó encima. Estaba perdida, no sabía qué hacer, y lo único que veía eran terrenos y casas alejadas. Quería llorar de impotencia pero tuve que aguantármelo. Tampoco podía expresar mi malestar, preocupación y miedo en ese momento; en un momento así no te pueden ver débil. Era una situación desesperante, estaba sola en un lugar totalmente extraño, en una mala hora como para estarlo y para colmo de mal, dos hombres extraños que fácilmente podían hacerme lo que querían en ese momento. El chofer también se dio cuenta de lo que pasaba y sinceramente yo pensaba que ya no contaría lo que estaba pasando. Pensaba lo peor y tenía mucho miedo. Gracias a Dios, el cobrador muy amablemente me devolvió mi dinero y me dijo que espere en la esquina siguiente un carro que me llevase a mi destino. Pero lamentablemente aún la angustia estaba ahí, no conocía a nadie y no era capaz de pararme en esa oscuridad, en esa esquina no habitada. Ni siquiera había un poste con buena luz, no había forma de que hiciera eso. Le dije que no conocía y bondadosamente me embarcó con un colega para el regreso. La bajada de micro a micro fue lo peor de toda mi mal experiencia, ya que unos chicos me comenzaron a decir vulgaridades. Regresé en el nuevo micro a mi casa, y cada minuto fue una eternidad para mí. Fueron las dos horas más largas de mi vida.

María Valeria Cassinelli

jueves, 26 de septiembre de 2013

A un paso de la musa (Anécdota)





-¿Ya terminó la clase?

Por fin me había decidido a decirle algo, había pasado más de cuatro horas y el temor dominaba mis labios. Suavemente colocó sus ojos hacía mí y me miró de una manera tierna e ingenua. Respiró y dijo:
-Sí, ¿o acaso te quieres quedar hasta las ocho? –contestó.

No pude decirle nada, mis manos empezaron a sudar, mi cuerpo temblaba, mis pies golpeaban lentamente la parte inferior de su carpeta.Me llené de valor y tímidamente contesté:
-¡No!

Error. Yo sé que me quedaría horas y horas contemplándola. Fijándome en eldesplazamiento de sus manos. Fotografiando con mis ojos sus acciones y movimientos tan refinados.Esa tarde estaba más radiante que de costumbre. Llevaba un polo blanco, y sobre él una chompa verde, verde, como el color de sus ojos y sus uñas. Un pantalón largo azul y unas botas negras que componían su forma de vestir. En su muñeca derecha, ahí, debajo del lunar que ella posee, tenía un pequeño reloj azul, y sus clásicas gafas rojas que ella suele utilizar. 

Si bien no me dice nada, no me mira, no se fija en mí, no soy su centro de atención, yo estoy ahí. Conversando con su espalda, jugando con su cabello dorado, descifrando sus gestos, estudiando su mejor lenguaje: su silencio.
Nos levantamos al mismo tiempo, ella se adelantó y salió de salón a mucha prisa. Bajó las escaleras, y caminó directamente a la cafetería. Compró una galleta de avena, sí, de  esas que tienen muy pocas calorías. La abrió y se la llevó a la boca una por una. Siguió caminando a pasos agigantados, caminaba rápidamente, tan rápido que no observaba las miradas de lujuria cual macho plasmaba sobre ella.

Cruzó la puerta de la universidad y salió a la calle. Yo apresuré el paso. Era mi oportunidad de abordarla, y de ir a casa juntos. Ella sabía que viajamos en el mismo micro porque ya habíamos coincido muchas veces. Justo antes de llegar a la esquina se detuvo, alzó la mano y miró su reloj, se dio cuenta de que el tiempo la estaba venciendo. Levantó la mirada y observó el bus que se acercaba. Cruzó corriendo la pista. Yo la vi, y  corrí hacía ella. En el momento en que iba a atravesar la vía sentí un pequeño golpe hacía mí. Caí y con ello también lo hicieron un conjunto de papeles impresos. Los junté tan apresuradamente que no me di cuenta de la persona con la que yo había tropezado. Ya con los sentidos más atentos, me levanté y empecé a buscarla. Volteé hacía la izquierda, a la derecha. No estaba por ningún lado.Mis pulsaciones bajaron, estaba decaído, desanimado. Me había dado cuenta de que ella ya había subido al bus. Ella me miró por la ventana y me obsequió una sonrisa. Yo me quedé ahí en la vereda suspendido. Suspendido en el aire como una burbuja que sobrevuela a la nada.

Alexis Pacori De La Cruz