Era tarde y lo único que quería era regresar a casa para
descansar después de un largo día en la universidad. Estaba sola, ya que mi
amiga de siempre se había salido de clases cuarenta minutos antes de que esta
acabara.
Salí de la universidad a paso ligero, típico de mí, dirigiéndome
a tomar algún carro que me llevase a casa. No buscaba un taxi, buscaba un
micro. Caminé toda la avenida El Ejército esperando a que llegase el micro de
Buenos Aires cual me deja a dos cuadras de mi casa, pero para suerte mía, nunca
llegó. Decidí entonces ir a tomar la H morada que pasa por la OR, a una cuadra
de mi destino, pero justo pasó una a toda velocidad y sabía que debería esperar
diez minutos con suerte para que pasara la siguiente. Estaba demasiado cansada
y sola, además de ser un promedio de siete de la noche y ya se hacía tarde, la
luna había aparecido y no era un lugar seguro de estar. Cuando de pronto, se
estacionó un micro de California al frente mío, y el cobrador llamaba pasajeros
para que subiesen y pensé: “Necesito llegar pronto, ya no quiero estar aquí, es
California y será más cerca de mi casa, y además pasa por la OR como dice en el
cartel, ya fue, subiré”.
Lamento decir que fue el peor error que pude cometer.
Me senté segura de mi decisión a esperar un lugar cerca
de mi casa donde bajar. Pasaban los minutos y todo cada vez era más desconocido
para mí, ¿Pero qué podía pasar?
El primer hecho desagradable de la noche no tardó en
aparecer. Subió un chico de aspecto muy malo, antes de habersepeleado con el
cobrador para el ingreso. Las caras de todos los pasajeros cambiaron, y
seguramente la mía también. Primero,empujó a un pasajero y se puso a caminar
por todo el pasadizo del mismo. No tenía idea si estaba drogado, borracho o era
demente. Luego decidió sentarse al final botando a una chica. Empecé a pensar
lo peor. ¨Ya me robaron¨, me dije. Encima, ese día se me había ocurrido llevar
mi tablet, además de mis cosas habituales y celulares. Todos estaban
preocupados y volteaban a cada rato. Yo no quería voltear. Felizmente pasaron
los minutos y el mismo chico decidió bajarse y pensé que el susto había pasado.
Sola y perdida
Lamentablemente no fue así, el micro seguía yendo a
lugares no conocidos para mí y los pasajeros cada vez eran menos. Cuando me di
cuenta de que estaba en La Esperanza, ya no podía hacer nada. Nunca había ido
por allí y estaba completamente sola, con solo unos cuantos pasajeros desconocidos
sentados a extremos. No quería llamar a nadie porque simplemente tampoco era
conveniente que los demás escucharan decir a alguien por teléfono que estaba
perdida y no sabía qué hacer. Así que decidí esperar a que tal vez el carro
regrese en segunda ronda, pero no fue así. Llegó un momento donde me quedé
completamente sola y decidí hablarle al cobrador: “¿Regresan a la OR no?”, me miro extraño y me
dijo: “No, esta fue nuestra última ronda”. Un balde de agua helada me cayó
encima. Estaba perdida, no sabía qué hacer, y lo único que veía eran terrenos y
casas alejadas. Quería llorar de impotencia pero tuve que aguantármelo. Tampoco
podía expresar mi malestar, preocupación y miedo en ese momento; en un momento
así no te pueden ver débil. Era una situación desesperante, estaba sola en un
lugar totalmente extraño, en una mala hora como para estarlo y para colmo de
mal, dos hombres extraños que fácilmente podían hacerme lo que querían en ese
momento. El chofer también se dio cuenta de lo que pasaba y sinceramente yo
pensaba que ya no contaría lo que estaba pasando. Pensaba lo peor y tenía mucho
miedo. Gracias a Dios, el cobrador muy amablemente me devolvió mi dinero y me
dijo que espere en la esquina siguiente un carro que me llevase a mi destino.
Pero lamentablemente aún la angustia estaba ahí, no conocía a nadie y no era
capaz de pararme en esa oscuridad, en esa esquina no habitada. Ni siquiera
había un poste con buena luz, no había forma de que hiciera eso. Le dije que no
conocía y bondadosamente me embarcó con un colega para el regreso. La bajada de
micro a micro fue lo peor de toda mi mal experiencia, ya que unos chicos me comenzaron
a decir vulgaridades. Regresé en el nuevo micro a mi casa, y cada minuto fue
una eternidad para mí. Fueron las dos horas más largas de mi vida.
María Valeria Cassinelli

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