lunes, 14 de octubre de 2013

El hombre bajo el sol





Bajo un radiante y cálido sol de viernes, que rara vez sale en los días de invierno, un hombre caminaba lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido.

Su oscuro cabello color carbón se movía al compás del poco viento que había y dejaba entrever algunos cabellos que habían sido pintados de blanco por el pasar del tiempo. Su piel morena y suave estaba teñida por unas pequeñas pecas marrones. Sus ojos verdes como el pasto bajo sus pies, se veían perdidos, como si buscara a alguien.

Arrastraba por el césped sus zapatosal caminar, estos eran marrones como la tierra y brillantes como el mismo sol, sacó de su arrugada casaca azul un celular viejo y pequeño, marcó con mucha paciencia un teléfono que sabía de memoria. 

Mientras esperaba a que la otra persona conteste, alzó su arrugada y pecosa mano y se quitó los lentes. Estos parecían sacados de otra época: tenían lunas gruesas y una montura gastada, que se había puesto amarillenta por el pasar de los años.

Al parecer la persona a quien llamaba no contestó. Guardó su celular en el bolsillo de su pantalón negro con menudas rayas marrones y frunció el ceño. Miró a su alrededor como si estuviera buscando una respuesta, se dirigió hacia una banca de madera clara que se encontraba vacía, se sentó lentamente y apoyó su desgastado maletín marrón sobre sus piernas, de ahí sacó un libro pequeño cuya portada era de color gris, le dio unas hojeadas y lo guardó.

Se quedó sentado un rato más con la mirada perdida, levantó la manga de su casaca azul y observó su reloj plateado, se levantó rápidamente de la banca y se dirigió a la salida.

Andrea Cieza

jueves, 3 de octubre de 2013

La ninfa salvadora





Darío salió de su casa muy preocupado por la salud de su madre. Caminó hasta el  puente y elevó la mirada hasta visualizar la única estrella que brillaba más que un diamante en el cielo. Después del accidente de su padre, la salud de su mamá había empeorado rápidamente. Él se preguntaba qué sentido tenía seguir sin ella. Siguió caminando y entró a una farmacia, sacó una receta del bolsillo derecho de su pantalón y se la aproximó a una señorita de mirada perdida y cabellos de escoba. Esta consultó con un hombre de bata blanca y regresó con Darío, y le entregó la receta con los precios en la parte de atrás. Él miro la receta y salió decepcionado; pensó que había más posibilidades de que un meteorito cayera sobre su casa y la dejara intacta a que él pudiera pagar tal precio.


Después de veinte minutos, pensando en cómo podía conseguir el dinero, se sentó a orillas del largo y profundo río que rodeaba el pequeño pueblo en donde vivía. De pronto, una mujer mitad humana mitad caracol ascendió desde la profundidad del lago.


El muchacho se asustó y se levantó de inmediato. Segundos después se dio cuenta de que nunca había observado un ser tan hermoso. Ella se le aproximó y colocó su mano de seda sobre el rostro del muchacho, le entregó una bolsa con monedas de oro y sonrió. Darío las tomo y se alejó rápidamente ignorando que todo en la vida tiene un precio. 

Pía Cueva