No entendía mucho lo que me pasaba, ni en qué lugar me encontraba. Sentía mucho miedo. Percibía en el ambiente una oscuridad muy tenebrosa, pero una corazonada me decía que me quede. De pronto, una luz de esperanza me empezó a guiar. Llegué hasta una cueva, no quería entrar; sin embargo, lo hice.
Me quedé anonadado cuando vi la belleza de ese canto que te envuelve y adormece como una magia, suave como un silbido de verano. Ambos impresionados nos quedamos, mientras nuestras miradas se cruzaron. Era tan hermosa como una diosa coronada a pesar que se encontraba atrapada en una gigantesca caracola de oro macizo.
Una
mirada suya me bastó para tocar la tristeza que habitaba en su corazón, no lo
dudé y me acerqué sin temor. Fue ahí cuando entendí el motivo de esa tristeza,
pues ella, hace un tiempo, había sido condenada a vivir así por una hechicería que
le ocasionó una bruja en castigo por una promesa que la hermosa mujer no pudo
cumplir. Entonces me solicitó que la ayude a salir de allí. Después de mucho esfuerzo, pude liberarla.
Ella me dijo: “Tienes un corazón tan grande que no te cabe en el pecho”. Emocionado
hasta los huesos de haber tenido ese encuentro fabuloso e inigualable con la hermosa
mujer, ella se acercó a mí y empecé a sentir una extraña sensación en mi cuerpo. El corazón me
iba a estallar de la fuerte impresión por la que pasaba. No me quería ir de su lado. Sujeté sus manos
sobre las mías, pero mi cuerpo sin explicación empezó a desfallecer.
Aguas
frías como de hielo pude sentir que rozaban mis pies. Desperté de inmediato: me
encontraba a las orillas del mar. Traté de recordar todo y lo único que se me venía
a la mente fue que andaba caminando por la orilla, mientras un
profundo oleaje y un misterioso viento se apoderaron del ambiente.
Pude ver el cansancio que invadía mi
cuerpo, y decidí recostarme en la
orilla. Hasta ahora, que recién cobré conciencia, nuevamente. Me pregunto si
fue un sueño o la realidad. Eso nadie lo
sabrá. Aunque preferiría quedarme
dormido aquí de pie para verla de nuevo. No entendía por qué mis manos
sujetaban una pequeña caracola cuando desperté. Lo acerqué a mis oídos y percibí
un ligero rumor de las olas.
Aleyda Iturbe Rodríguez

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