Bajo un radiante
y cálido sol de viernes, que rara vez sale en los días de invierno, un hombre
caminaba lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido.
Su oscuro
cabello color carbón se movía al compás del poco viento que había y dejaba
entrever algunos cabellos que habían sido pintados de blanco por el pasar del
tiempo. Su piel morena y suave estaba teñida por unas pequeñas pecas marrones.
Sus ojos verdes como el pasto bajo sus pies, se veían
perdidos, como si buscara a alguien.
Arrastraba
por el césped sus zapatosal caminar, estos eran marrones como la tierra y
brillantes como el mismo sol, sacó de su arrugada casaca azul un celular viejo
y pequeño, marcó con mucha paciencia un teléfono que sabía de memoria.
Mientras
esperaba a que la otra persona conteste, alzó su arrugada y pecosa mano y se
quitó los lentes. Estos parecían sacados de otra época: tenían lunas gruesas y
una montura gastada, que se había puesto amarillenta por el pasar de los años.
Al parecer la
persona a quien llamaba no contestó. Guardó su celular en el bolsillo de su
pantalón negro con menudas rayas marrones y frunció el ceño. Miró a su
alrededor como si estuviera buscando una respuesta, se dirigió hacia una banca
de madera clara que se encontraba vacía, se sentó lentamente y apoyó su
desgastado maletín marrón sobre sus piernas, de ahí sacó un libro pequeño cuya
portada era de color gris, le dio unas hojeadas y lo guardó.
Se quedó
sentado un rato más con la mirada perdida, levantó la manga de su casaca azul y
observó su reloj plateado, se levantó rápidamente de la banca y se dirigió a la
salida.
Andrea Cieza
Andrea Cieza

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