En lo más profundo del mar, donde
las aguas son oscuras y suaves, vivía un rey Tritón con su esposa. Ellos
deseaban tener un hijo, habían tratado miles de veces pero no lo conseguían.
A la reina le gustaba tallar figuras en los corales y pasaba millones de
horas con este pasatiempo. Un día,
mientras paseaba a paso de tortuga por los alrededores del palacio, se encontró
con un pequeño pez que al parecer había sido herido por
algún tiburón. La hermosa sirena se compadeció de él, acarició sus moradas
escamas y lo llevó a palacio. Ahí cuidó de él toda la noche.
Al amanecer, la reina se dirigió a
la habitación de su huésped, quedó sorprendida al ver que la habitación estaba
vacía, se percató de que sobre la cama había una hermosa caracola junto a una
nota que decía: “Gracias por cuidarme, no olvides que los sueños se hacen
realidad”. La bella sirena cogió la caracola. Era tan suave que al tocarla se
sentía como si fuera de seda. La llevó a su dormitorio y la puso sobre una
cobija en su mesa.
Al día siguiente, la reina se
despertó muy temprano para salir a pasear, cuando se percató de que la caracola
se estaba convirtiendo en una bella bebé.
La reina la tomó entre sus brazos;
era el bebé que siempre había deseado tener. Con mucha alegría, llamó a su
esposo, él vino corriendo y se quedó sorprendido de ver al precioso bebé
caracola, y desde ese momento se volvieron inseparables.
Con el pasar del tiempo, este bebé
se convirtió en una hermosa mujer caracola, muy admirada y querida en su reino
por ser una excelente cantante de ópera.
Todas las noches en ‘El Gran Teatro
Marino’, que era en donde se presentaba, siempre reservaba dos asientos para
que su mamá, la reina, y su papá, el rey Tritón, la escuchen cantar.
Andrea Cieza

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