-¿Ya terminó la clase?
Por fin me había decidido a
decirle algo, había pasado más de cuatro horas y el temor dominaba mis labios.
Suavemente colocó sus ojos hacía mí y me miró de una manera tierna e ingenua. Respiró
y dijo:
-Sí, ¿o acaso te quieres quedar hasta las ocho? –contestó.
No pude decirle nada, mis
manos empezaron a sudar, mi cuerpo temblaba, mis pies golpeaban lentamente la
parte inferior de su carpeta.Me llené de valor y tímidamente contesté:
-¡No!
Error. Yo sé que me quedaría
horas y horas contemplándola. Fijándome en eldesplazamiento de sus manos.
Fotografiando con mis ojos sus acciones y movimientos tan refinados.Esa tarde
estaba más radiante que de costumbre. Llevaba un polo blanco, y sobre él una
chompa verde, verde, como el color de sus ojos y sus uñas. Un pantalón largo
azul y unas botas negras que componían su forma de vestir. En su muñeca
derecha, ahí, debajo del lunar que ella posee, tenía un pequeño reloj azul, y sus
clásicas gafas rojas que ella suele utilizar.
Si bien no me dice nada, no me
mira, no se fija en mí, no soy su centro de atención, yo estoy ahí. Conversando
con su espalda, jugando con su cabello dorado, descifrando sus gestos,
estudiando su mejor lenguaje: su silencio.
Nos levantamos al mismo
tiempo, ella se adelantó y salió de salón a mucha prisa. Bajó las escaleras, y
caminó directamente a la cafetería. Compró una galleta de avena, sí, de esas que tienen muy pocas calorías. La abrió y
se la llevó a la boca una por una. Siguió caminando a pasos agigantados,
caminaba rápidamente, tan rápido que no observaba las miradas de lujuria cual
macho plasmaba sobre ella.
Cruzó la puerta de la
universidad y salió a la calle. Yo apresuré el paso. Era mi oportunidad de
abordarla, y de ir a casa juntos. Ella sabía que viajamos en el mismo micro
porque ya habíamos coincido muchas veces. Justo antes de llegar a la esquina se
detuvo, alzó la mano y miró su reloj, se dio cuenta de que el tiempo la estaba
venciendo. Levantó la mirada y observó el bus que se acercaba. Cruzó corriendo la
pista. Yo la vi, y corrí hacía ella. En
el momento en que iba a atravesar la vía sentí un pequeño golpe hacía mí. Caí y
con ello también lo hicieron un conjunto de papeles impresos. Los junté tan
apresuradamente que no me di cuenta de la persona con la que yo había
tropezado. Ya con los sentidos más atentos, me levanté y empecé a buscarla. Volteé
hacía la izquierda, a la derecha. No estaba por ningún lado.Mis pulsaciones
bajaron, estaba decaído, desanimado. Me había dado cuenta de que ella ya había
subido al bus. Ella me miró por la ventana y me obsequió una
sonrisa. Yo me quedé ahí en la vereda suspendido. Suspendido en el aire
como una burbuja que sobrevuela a la nada.
Alexis Pacori De La Cruz

Están muy bien los textos, buena inspiración de mis compañeros en especial de Pacori un chico enamorado.
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